martes 22 de mayo de 2007

El amor y occidente: románticos y esposados

Foto: Ali Jarkekji/Reuters
Novias veladas esperando una boda conjunta de rito islámico

Taxonomia del apareamiento

Nota 5

Las relaciones sentimentales y sexuales entre humanos presentan variaciones notables, pero los evolucionistas consideren que se trata siempre de variaciones sobre un mismo tema: es decir, estrategias de apareamiento que la selección natural se encargará de depurar permitiendo que sólo se propaguen las más aptas para la reproducción genética. Creen haber descubierto un instinto bàsico que se orienta a la reproducción de nuestros genes por encima de todo. Y con ese fin, la eficacia reproductiva resulta obligada por el orden de las cosas. Reproducirse o morir, es decir, reproducirse y morir: desde el canibalismo sexual de la mantis religiosa devorando a su macho para facilitar la puesta, al infanticidio de las crias de un simio destronado para facilitar la propagación de los genes del nuevo macho dominante. Y en la base de la base, una bioquímica del comportamiento en la cual el amor es una hormona. Extraña explicación que nos obliga a admitir sin pruebas que estamos entre los más aptos y que reducir el amor a una molécula resuelve su misterio.

En comparación, la dicotomía que nos proponía Denis de Rougemont, oponiendo el matrimonio al amor romántico, parece una sesión de estilo new age en una librería de autoayuda, lejos de los grandes túneles abandonados dónde durmen los mendigos sin techo o de los laboratorios de guerra donde se siguen desvelando las intimidades de la vida. Una especulación aparentemente ingenua y, por si fuera poco, incapaz de catalogar la diversidad de las relaciones amorosas observables, incluso si se acepta que los dos tipos contrapuestos (la pasión y el matrimonio) constituyen los extremos de una gama en la cual se pudiesen clasificar otras relaciones ordenadas según alguna combinatoria de esos dos factores bàsicos.

En este punto, la clasificación que ha hecho fortuna ha sido más bien la de Alan Lee (The Colors of Love: An Exploration of the Ways of Loving, 1973). De acuerdo con este sociólogo canadiense, existirían tres estilos de amar primarios: eros, ludus y storge; y tres estilos secundarios: mania, pragma y ágape. La pasión romántica recibe el nombre de "eros" y se contrapone tanto al amor comprometido ("storage") como al lúdico ("ludos"). Y estos tres tipos primarios pueden combinarse generando estilos secundarios. Las relaciones obsesivas y posesivas ("mania") son consideradas una combinación de la pasión romántica y la lúdica; mientras las relaciones utilitarias ("pragma") se presentan como una mezcla de juego y compromiso; finalmente, las relaciones altruistas ("agape") aparecen como una combinación de compromiso y romanticismo.

domingo 20 de mayo de 2007

Los estilos amatorios de Alan Lee

viernes 18 de mayo de 2007

Henna nupcial: India

lunes 14 de mayo de 2007

El amor y occidente: La ley del instinto


En el principio fue el alga

Nota 4

El sexo es muy antiguo, quizá tanto como las primeras células eucariotas. Es bien posible que su origen esté en una fagocitosis, es decir, en una especie de canibalismo celular. En general, cuando una célula se come a otra, la célula fagocitada se destruye en beneficio de la célula que se la ha comido. Pero en una rara ocasión, dos células se fundieron en una (otra nueva) célula con alguna ventaja evolutiva. La inventora del sexo acaso fuera una modestísima alga unicelular.
Jorge Wagensberg
Prólogo a La conjura de los machos de Ambrosio Garcia Leal, 2005


Del cristianismo a la psicología evolutiva, todos destacan las singularidades de la sexualidad humana, aunque no suelen destacar las mismas cosas y alguno de sus rasgos suele silenciarse pudorosamente. Siguiendo a García Leal nosotros señalaremos que la mujer es una de las pocas hembras conocidas que puede ser receptiva sexualmente con independencia de la ovulación. La mayoria de las especies tienen un periodo de apareamiento limitado a los momentos de fertilidad de las hembras y muestran una falta de interés sexual casi total fuera de esos periodos. Por contra, los hombres y las mujeres practicamos una actividad sexual en gran medida independiente de la ovulación, que puede extenderse incluso a la lactancia y al embarazo. De hecho las mujeres rara vez pueden precisar cuando ovulan y, en todo caso, los hombres son incapaces de detectarlo.

Podríamos decir que los humanos somos una especie particularmente inclinada a la actividad sexual no reproductiva, probablemente la especie más inclinada a la sexualidad lúdica. Algo que es desconocido o anecdótico en otras especies resulta característico de la nuestra; y aunque esa característica haya quedado marginada en concilios y congresos sigue a la vista de niños y poetas. Parafraseando a Mario Benedetti nuestro cuerpo ha evolucionado hacia la fiesta, y eso parece haber activado la proliferación de esas "religiones del sexo" ansiosas por impedir o regular nuestra inclinación al placer no reproductivo. Algunos desearían retrotraernos a aquellos estadios de animalidad en los que el sexo es para la reproducción y la pareja monógama para alimentar a las crias, es decir, algunos desearían transformarnos en un cruce de simios y pájaros. Es inútil añadir que esa necedad no prevalecerá.

En la jerga (neo)darwiniana debiéramos afirmar que la sexualidad lúdica comporta ventajas evolutivas, o explicar porqué esa sería una excepción que confirma la regla. Sobre todo, teniendo en cuenta que las mujeres muestran otra singularidad adorable: el orgasmo femenino no tiene ninguna función reproductiva o productiva conocida. Algunos han insinuado que el orgasmo femenino y, por extensión, la vida sexual no reproductiva servirían para reforzar la pareja, es decir, para mantenerla unida en las tareas de cría. Pero esa afirmación está lejos de estar probada: hay tantos o más motivos para pensar que las pulsiones sexuales permanentes y lúdicas multiplican los incidentes conflictivos en las parejas y, finalmente, perturban la estabilidad monogámica. En definitiva, parece que el placer constituye un rasgo evolutivo que no està directamente asociado con la extensión de la descendencia.

Caribús en celo


Foto de Cathy Hart; ver www.8wwc.org

jueves 3 de mayo de 2007

L'origin du monde (1866). Courbet, 1819-1877



Paris, Musée d'Orsay

El amor y occidente: la primavera cristiana

Nota 3

Decíamos que El amor y occidente se publicó por primera vez en 1938, o sea mientras la república española aun resistía, y se revisó en 1956, es decir, poco después del Congreso Eucarístico de Barcelona (...de rodillas, señor, ante el sagrario...) donde lució un tal Monseñor Modrego de kurator. Por aquellos días, Franco se agarraba por un lado al internacionalismo eclesiástico y por el otro al general Eisehower, como a dos clavos ardiendo. Y la gente madrugadora se iba a la cama entre sábanas frías, mientras viajantes, especuladores, canallas y algún alto funcionario, de camisa blanca o azul, echaban canas al aire por el Paralelo. No hará falta añadir que aun no existía la televisión, que apenas circulaban coches y que la costa mediterránea era una cadena de playas casi desiertas, con algún bunquer, como sentina sobra la arena. De eso hace ya varias vidas, y es dudoso que alguien en España estuviese entonces preocupado por la importancia del romanticismo en la concepción occidental del amor.

Sin embargo, siempre he sospechado que aquellos años fueron decisivos en el hundimiento de los valores tradicionales del cristianismo. La mitología cristiana venía perdiendo capacidad de seducción como mínimo desde el Renacimiento, pero a partir de la postguerra puede hablarse de una crisis irreversible. No faltó gente que intentó rehabilitar los viejos santuarios incorporando, por ejemplo, la tradición liberal o social-demócrata o redescubriendo el misterio del universo en las fronteras más avanzadas de la ciencia. De Mounier a Teilhard de Chardin se insinuaba un despertar de los cristianos al "potencial espiritual de la materia" o del compromiso social. Y , hacia 1959, después de tres días de oración, el Papa Roncalli convocaba el mayor concilio del catolicismo, el Vaticano II, sin objetivos precisos pero con vocación de poner al dia su fe. En este sentido, puede hablarse de una primavera cristiana, seguida de un verano tórrido y un otoño tormentoso. Hoy, llegado el invierno, se ha hecho la calma sobre los templos desolados. Es decir, aquella esperanza, ambigua, cordial y plagada de embrollos teológicos contaba con adversarios, y de momento parece encauzada por la hermenéutica del Papa Ratzinger que ha sabido transformar la primavera en una colección de flores secas catalogadas en latín. Y ahí no acaban sus méritos: pronto conseguirán que resulte imposible ser inteligente y cristiano.

De Rougemont podría inscribirse en aquel intento de revitalizar el cristianismo, pero en versión suïs romand. Y tal vez por ello no desechó completamente la importancia de la unión sexual. En sus escritos, la sexualidad no ocupa el lugar que tiene en la vida pero es tenida en cuenta, y eso ya es algo en contraste con el silencio de los prelados, que parecían ajenos a una sociedad en la que se estaba incubando mayo del 68. Es decir, una sociedad en la que se estaba incubando un brote dionisíaco en el que importaban especialmente las formas del placer y del desarrollo personal asociadas a la sexualidad o a la embriguez. Y esta emergencia, que no parece haber remitido, está siendo asimilada socialmente, sobre todo, en términos de libertad sexual y de igualdad de género, mientras se intenta limitar su impacto en otros àmbitos, por ejemplo, vendiendo la desigualdad social con lencería liberal y la abstinencia de todo embriagante con lencería psiquiátrica. Se renovó pues la epifanía, es decir, se manifestó de nuevo la divinidad pero lo hizo mostrando su dimensión extática, femenina y sexuada, salvaje.

Antes de la fiesta, los prelados reunidos en concilio apenas hablaron de sexo y, unos cuarenta años después, Sarkozy, que será presidente de Francia, afirma enfáticamente que él va a liquidar los efectos de aquel més de mayo. Los unos no vieron el regreso dionisíaco mientras se gestaba, el otro no parece verlo ni cuarenta años después. En todo caso, no reconoce a las bacantes porque debe ser un señor práctico y ocupado, lejos de Eurípides cerca del marketing, comprometido electoralmente a generalizar esa excelencia educativa que le permite estar satisfecho de su propia ignorancia y olvidando (¿olvidando?) que después de aquel mes de mayo de 1968 las elecciones las ganaron De Gaulle en Francia y Nixon en los Estados Unidos, es decir, si la fiesta ha tenido consecuencias no ha sido por falta de gobiernos contrarios a la movida. Aquellla primavera finalmente no fue cristiana, sino dionisíaca, y se metió en todas partes porque venía del alma y se expresava en la cultura y, por cierto, esas damas seducen a hombres de todas las ideologías.

Tanto es así que incluso en casa de Sarkocy parecen tener acomodo algunos subproductos de mayo del 68; por usar su propia interpretación: "... l'idée que tout se valait, qu'il n'y avait aucune différence entre le bien et le mal, entre le vraie et le faux, entre le beaux et le laid". Es dificil ser tan pertinente al reflejar las propias miserias hablando de otro. Sin embargo hay diferencias: la gente de Sarkocy, como los cruzados, comparten la cultura de la mafia calabresa que, en palabras de Roberto Saviano, cree que "da más gusto mandar que follar". En el centro del bosque resuena la risa de los dioses.

miércoles 2 de mayo de 2007

Lingerie. Emil Ganso, 1985-1941


lunes 30 de abril de 2007

El amor y occidente: el tabú del sexo

Nota 2

Las relaciones de cruzados y yihadistas con el amor y el sexo siempre han sido retorcidas y a veces furiosas. Más allá de su gusto por los velos, muestran un interés desmesurado por la sexualidad, transformada en tabú, que la hace omnipresente de tanto mandamiento y tanta coacción. Para no citar hechos violentos, sean de Nigeria o de los Estados Unidos, recordemos únicamente a nuestros obispos manifestándose en el centro de Madrid porque una ley regulaba las relaciones familiares sin inspirarse en su magisterio. Se diría que la Conferencia Episcopal y esa extraña patronal de empresarios de locales de alterne (ANELA) son los dos organismos que más atención dedican a la sexualidad extra-matrimonial en España, tal vez los únicos.

Evidentemente, hay diferencias entre cruzados y yihadistas, pero ahora nos importa destacar su coincidencia contra la naturalidad sexual y cualquiera de las culturas que han intentado acogerla, del liberalismo al tantra. La mogigateria militante de esos monoteismos no ha sido siempre violenta, pero sí ha mostrado siempre una intensidad sospechosa. Parafraseando a Allan Watts (2000, El Arte de ser Dios, Barcelona) parecen "religiones del sexo". Y no por los pocos versos de inspiración nupcial canonizados aqui o allá ("... tu vientre acervo de trigo rodeado de azucenas..." Cantar de los cantares, 7:1-9), sino por la asociación que establecen entre el sexo y la divinidad. Siguiendo libremente a Watts, también se censura el asesinato, pero no se prohibe su descripción verbal o su representación visual; la violencia explícita puede ser mostrada, el sexo explícito no. Y eso recuerda tradiciones ancestrales en las que no se permite representar la imagen de la divinidad ni pronunciar su nombre, es decir, eso desvela un temor sagrado a la sexualidad.

lunes 16 de abril de 2007

El amor y occidente: de Rougemont a Bataille

Nota 1

Denis de Rougemont dedicó un libro notable, El amor y occidente, a describir “el necesario conflicto entre pasión y matrimonio”. Se publicó por primera vez en 1938 y lo revisó en 1956, es decir, hace más de cincuenta años, pero su encanto ha perdurado. El libro cree detectar un fondo destructivo en la pasión romántica y defiende el compromiso matrimonial. Parece contraponer la turbulencia de los amantes al orden de los esposos, como el lado oscuro al lado luminoso. Nada exactamente nuevo entre catequistas y celestinas, pero debemos añadir que, a diferencia de esa triste tradición de monsergas, salsa rosa y embrollos notariales, se trata de un texto sugerente y documentado; incluso luminoso. De entrada, el enfoque es singular: arranca con una interpretación de Tristan e Isolda, donde el autor cree hallar el mito fundacional de la pasión romántica. Este mito, a su juicio, expresa secretamente una preferencia por el amor desgraciado, una sensualidad estimulada por el riesgo y una inclinación pasional que, como otras pasiones, tiende a seguir el camino del calvario hacia la cruz, sin resurrección asegurada.

Costará volver sobre la poesía provenzal o las leyendas artúricas, sin que resuenen esas advertencias, como avisos contra la peor celada: aquella que transforma nuestra propia vida en un calvario. Rougemont merece sólo por ello el respeto que se debe a los adversarios honorables, a los que estimulan nuestro adiestramiento para acceder a una religión de caballería. No hará falta añadir que él es vástago de la soldadesca que el Papa Inocencio III lanzó sobre tierras occitanas contra damas de cortezia y hombres justos. La caballería de Aragón militó junto a la de Foix contra aquella marea negra, pero fue derrotadas en Muret. En otra ocasión volveremos sobre esa batalla, que nos honra con el único rey de occidente que murió luchando contra los cruzados; ahora baste con recordar la lección de Primo Levi al salir de Auswitz: la guerra nunca se acaba. Y renovar nuestro compromiso de aprender junto al amigo, frente al adversario, para crecer desde la tierra hacia el aire y alcanzar ese aroma inconfundible que señala a un caballero como el arco iris señala el paso de la luz entre la lluvia.

En mi propia biblioteca guardo en el mismo estante a autores de sensibilidades tan dispares, como Denis de Rougemont y Georges Bataille, el uno reivindicando el matrimonio contra la pasión romántica porque, en su opinión, la pasión romántica tiende secretamente hacia la muerte, mientras el otro practicaba la obscenidad y la pornografía aunque sostenía que la búsqueda del éxtasis erótico también culminaba en la muerte. No consta que ninguno de los dos muriera de pasión y, en todo caso, ninguno de los dos hubiera militado contra los cruzados, pero los dos pueden estimular nuestra formación desde posiciones distintas, casi opuestas: protestantismo laico contra misticismo ateo, pastel de manzana contra absenta de prostíbulo. Y, sin embargo, íntimamente complementarios, como los desplomes rocosos que cierran un desfiladero y delimitan el mal paso en el que estamos velando armas, preparando la próxima carga. Las salidas del desfiladero están cerradas. El norte está tomado por los cruzados, el sur por los yihadistas, ambos en decadencia y, tal vez por ello, más peligrosos que nunca.

miércoles 11 de abril de 2007

Martha's Girls