Foto: Ali Jarkekji/ReutersNovias veladas esperando una boda conjunta de rito islámico
Crónica de sucesos imaginarios
Nota 4
Podríamos decir que los humanos somos una especie particularmente inclinada a la actividad sexual no reproductiva, probablemente la especie más inclinada a la sexualidad lúdica. Algo que es desconocido o anecdótico en otras especies resulta característico de la nuestra; y aunque esa característica haya quedado marginada en concilios y congresos sigue a la vista de niños y poetas. Parafraseando a Mario Benedetti nuestro cuerpo ha evolucionado hacia la fiesta, y eso parece haber activado la proliferación de esas "religiones del sexo" ansiosas por impedir o regular nuestra inclinación al placer no reproductivo. Algunos desearían retrotraernos a aquellos estadios de animalidad en los que el sexo es para la reproducción y la pareja monógama para alimentar a las crias, es decir, algunos desearían transformarnos en un cruce de simios y pájaros. Es inútil añadir que esa necedad no prevalecerá.
En la jerga (neo)darwiniana debiéramos afirmar que la sexualidad lúdica comporta ventajas evolutivas, o explicar porqué esa sería una excepción que confirma la regla. Sobre todo, teniendo en cuenta que las mujeres muestran otra singularidad adorable: el orgasmo femenino no tiene ninguna función reproductiva o productiva conocida. Algunos han insinuado que el orgasmo femenino y, por extensión, la vida sexual no reproductiva servirían para reforzar la pareja, es decir, para mantenerla unida en las tareas de cría. Pero esa afirmación está lejos de estar probada: hay tantos o más motivos para pensar que las pulsiones sexuales permanentes y lúdicas multiplican los incidentes conflictivos en las parejas y, finalmente, perturban la estabilidad monogámica. En definitiva, parece que el placer constituye un rasgo evolutivo que no està directamente asociado con la extensión de la descendencia.
Nota 3
Antes de la fiesta, los prelados reunidos en concilio apenas hablaron de sexo y, unos cuarenta años después, Sarkozy, que será presidente de Francia, afirma enfáticamente que él va a liquidar los efectos de aquel més de mayo. Los unos no vieron el regreso dionisíaco mientras se gestaba, el otro no parece verlo ni cuarenta años después. En todo caso, no reconoce a las bacantes porque debe ser un señor práctico y ocupado, lejos de Eurípides cerca del marketing, comprometido electoralmente a generalizar esa excelencia educativa que le permite estar satisfecho de su propia ignorancia y olvidando (¿olvidando?) que después de aquel mes de mayo de 1968 las elecciones las ganaron De Gaulle en Francia y Nixon en los Estados Unidos, es decir, si la fiesta ha tenido consecuencias no ha sido por falta de gobiernos contrarios a la movida. Aquellla primavera finalmente no fue cristiana, sino dionisíaca, y se metió en todas partes porque venía del alma y se expresava en la cultura y, por cierto, esas damas seducen a hombres de todas las ideologías.
Tanto es así que incluso en casa de Sarkocy parecen tener acomodo algunos subproductos de mayo del 68; por usar su propia interpretación: "... l'idée que tout se valait, qu'il n'y avait aucune différence entre le bien et le mal, entre le vraie et le faux, entre le beaux et le laid". Es dificil ser tan pertinente al reflejar las propias miserias hablando de otro. Sin embargo hay diferencias: la gente de Sarkocy, como los cruzados, comparten la cultura de la mafia calabresa que, en palabras de Roberto Saviano, cree que "da más gusto mandar que follar". En el centro del bosque resuena la risa de los dioses.